domingo, 4 de abril de 2010

Y ESE DÍA

Y ese día supo que las puertas estaban abiertas. Simplemente no supo mirar bien. Que se escapaba de noche y era su dueña. Que su Señorío inspiraba las visiones de luces y espectros, lo impregnaba de olores embriagantes y sabores irreconocibles, transformaba sus pensamientos en borbotones de palabras inconexas, risas y silencios obstinados. Y no sólo de noche. Se escurría en iras, odios y revanchas. En ausencias y silencios de muerte. En su ingobernable impulso de herir, de dañar lo más amado. En su incapacidad de ver la belleza y no degradarla, en el placer insano de trocar toda felicidad en llanto. Siglos de guardián de las puertas cerradas y vigilia eterna de las cadenas que paralizaban a la bestia. Una vida entera dominada por su voluntad de encajar en la lógica de los parámetros de la normalidad. Sin tregua, sin concesiones, sin lamentos. Con la herida siempre abierta de adivinarse distinto. Con el terror siempre latente al dominio de la bestia. Con el inconmensurable peso de saberla agazapada en lo profundo, siempre viva, siempre alerta y tan segura.
Y ese día y tan seguro, cerró sus ojos a la vida…

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