domingo, 4 de abril de 2010

LA DECISIÓN

Paralizada de miedo, Alicia se pegó aun más a la pared. Las palmas de sus manos abiertas, las yemas de los dedos, codos, omóplatos y cada vértebra de su espalda se adherían con más fuerza al muro helado, que poca protección le podía dar. Sentía los latidos de su corazón, en una loca carrera irrefrenable que le retumbaba en los oídos y se alojaba justo en el hueco de la garganta. La oscuridad profunda y opresiva, la envolvía como si se encontrara sumergida en un océano de lodo. El aire era tan denso que le costaba respirar; sus pulmones apenas retenían entrecortadamente el escaso oxígeno que, con doloroso esfuerzo, lograban atrapar.
Y sus pies. La cornisa sólo sostenía las tres cuartas partes de sus delicados, diminutos y preciosos pies de nácar. Aún, con los talones incrustados en la vertical que le servía de apoyo, sabía que la base no era suficiente.
Inmovilizada por el espanto, no se atrevía a realizar el más leve movimiento, en la certeza de que cualquier espasmo, estremecimiento o temblor terminaría con su más que precario equilibrio. Los finos dedos de sus pies no tenían sustento alguno. Por debajo y delante de ellos se abría un abismo insondable. Alicia lo escudriñaba con ojos ávidos de salvación; pero el agujero negro no mostraba fisura alguna. Compacto, plano, irreductible y absoluto. Poderoso imán que magnánimo y paciente esperaba que el cuerpo de la mujer se fundiese en su misterioso seno, en su irreversible destino.
La angustia del alma de Alicia era desgarradora. Sin límites, se expandía por cada uno de los poros de su piel, que exudaban miles de gotitas heladas de transpiración. Firmemente adherida a las bases que mantenían su equilibrio, sabía que no iba a subsistir. Su cerebro conocía, perfectamente, que esa posición era insostenible. Aún cuando la agonía se prolongara en un indefinido letargo, el final la estaba esperando.-
Y el terror se convirtió en espada desgarradora de sus entrañas cuando sintió la mano por detrás suyo, justo en la mitad de la espalda.
La tocaba suavemente, preparándola para el impulso que la arrojaría a lo desconocido.
Intuía alelada que esa mano le ordenaba que saltara por su propio designio. Que su presencia era un aliciente de lo inevitable.
Alicia profirió un grito ahogado, y realizó un movimiento totalmente involuntario, que casi la hace caer de la cama. Se incorporó bañada en sudor y arrojó lejos la frazada.
Roberto, a su lado, se dio media vuelta y siguió durmiendo. Su sueño era tan profundo e imperturbable que daban ganas de sacudirlo. No solamente por eso. A él la vida sólo le sucedía. Nada lo conmovía, ni perturbaba. En su mundo no había sitio para el dolor, la dicha o el deseo. Su egoísmo y vanidad ocupaban el lugar que debía ocupar Alicia. Roberto había llenado satisfactoriamente los espacios en blanco que le había brindado la vida: esposa, casa, automóvil importado, profesión, dinero, prestigio, un hijo. Ella era parte del inventario. Ni más ni menos.
Alicia supo de inmediato que no conciliaría de nuevo el sueño. Era la cuarta noche de la semana que soñaba lo mismo. Lo angustiante era que, al final de cada jornada, invariable e inevitablemente llegaba la misma pesadilla.
Se levantó, tomó un vaso de agua y un somnífero para lograr, aunque sea, pacificar sus caóticas ideas e inducir al reposo.-
La mañana siguiente no fue distinta a las otras. Como siempre fue al hospital. La esperaban internados de urgencia por un accidente de tránsito; otro con infarto masivo alojado en la habitación 104; firmar el alta del de la 102. Luego, regresar a casa; hacer las compras del hogar en el trayecto; ayudar a Tomás con la tarea, el baño, comida, y acostarlo no demasiado tarde, después de jugar en la computadora.-
Alicia esperó despierta a su marido. Llegó más de las doce, aduciendo alguna imaginaria reunión de negocios. A ella ni siquiera le interesaban las excusas, ni oía la larga perorata acerca de la importancia de los acuerdos comerciales que acababa de cerrar. Lo observaba como se mira a un actor en una obra de teatro. Por cierto, este actor era bastante malo. Y la obra no daba para mucho más. Se había quedado sin esencia, sin argumento y sin género. No era una tragedia ni una comedia, pero tenía elementos de ambas. Además ya la aburría enormemente.
Se dio cuenta de que cargaba ella sola con las responsabilidades del matrimonio, y Roberto ni siquiera la satisfacía sexualmente. Se rió interiormente. ¡Su matrimonio había sucumbido hacía tanto tiempo! Ambos cumplían sus roles, ella con constancia, responsabilidad y nada de emoción. Él apenas para cubrir las apariencias. ¿Quién la obligaba a actuar un guión que ni siquiera parecía interesante? ¿Por qué ocupar un rol secundario en su propia vida?.-
Se inundó en un bálsamo de lavanda que recorría y desnudaba su interior, revelando relieves, picos, profundidades, mesetas y valles insospechados. Como así también ríos de lágrimas contenidas, nubarrones de penitas ocultas, tormentas de frustraciones ignoradas y tornados de sueños olvidados.
Roberto habló todo lo que quiso, se desvistió y se acostó a su lado. Antes de apagar la luz de su mesa de noche, Alicia miró la espalda de su marido, su nuca, el cabello castaño y lacio que tanto solía acariciar. Su olor era una mezcla de tabaco, alcohol, sudor y algún resto de perfume. Entonces se lo dijo, con voz pausada y monocorde:
-Quiero que te vayas mañana. Aquí no hay nada, siquiera parecido al amor. Vivir una mentira cuesta demasiado y ya me cansé de fingir.
Dicho esto, Alicia desconectó su lámpara, y cerró los ojos. Por toda respuesta obtuvo un fuerte ronquido de Roberto, que borracho como una cuba de roble se había dormido apenas puso su cabeza en la almohada.-
Ella cerró los ojos con una extraña calma, y volvió a la cornisa y el abismo. Otra vez la pared helada contra su espalda. Otra vez sus pies en el angosto borde, frente a la negrura espesa de la nada. Otra vez la mano desconocida que la obligaba a saltar. Pero ahora Alicia no sentía temor alguno. El aire ya no estaba enrarecido. Olía a lavanda. Su respiración era profunda y rítmica. Su parálisis había desaparecido. Podía moverse y sonreír. Se volvió hacia la mano amenazante y le habló casi con gratitud:
-Ya no tengo miedo, no necesito que me empujes.
Y girando hasta enfrentarse al abismo, lo miró como si fuese una sábana de seda oscura, o un colchón de plumas pintado de negro, o la red de los trapecistas de circo. Abrió sus brazos en cruz y se arrojó a lo desconocido. Se sintió flotar, sostenida por la seda, las plumas y la red. Una inmensa calma invadió su espíritu. Supo inmediatamente que había hecho lo correcto. La decisión estaba tomada y era indeclinable. También adivinó, entre sueños que su pesadilla jamás volvería.

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