martes, 13 de julio de 2010

TRENES


Juan contaba los vagones pasar. El ritual era idéntico todos los días. La policía no lo molestaba. No robaba ni provocaba disturbios. Cuando le tocaba la ronda al agente López conversaban. Era su único amigo y lo hizo partícipe de su secreto: mirar los trenes no significaba matar el tiempo.
El tren de la aurora llevaba el rostro del padre, muerto en la zafra azucarera. El segundo, el de su madre, que hacía las más ricas tortillas. El tren del mediodía era de Julia, su compañera y mujer. La que cuidaba de el y de los tres hijos. El siguiente tren de la tarde, el más largo y bullicioso, reflejaba la cara de sus tres varones. Que jugaban a la pelota y remontaban barriletes.
Los vagones del ocaso resultaban difíciles de observar, por eso se acompañaba con un tinto. El chirrido repicaba en sus oídos de igual manera que el impacto del choque al ser atropellado por el autobus sin frenos.
El último tren de la noche, negro y hermético, que llegaba cuando el alcohol ya había hecho su efecto, se parecía a las tumbas que se llevaron no solo los cuerpos, sino también la cordura de su vida.

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