Invocó a la muerte. Postrado a sus pies le suplicó que el galope siguiera esa huella. Su mirada de ira amarilla aguardó la respuesta de la esfinge. Es arena entre tus manos, contestó enigmática la guadaña. Tienes que esperar el próximo giro de la rueda.
Inyectado en ríos de sangre, caudaloso en borbotones de odio, comprendió que la muerte carecía de tiempos. El, en cambio, padecía de urgencias. No se demoró en la espera. Su hora había llegado. También la de Abel. Que así sea.
BEATRIZ VALDEZ (Catamarca)
Hace 5 años
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